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12 de agosto 2015

Cerca de las 18h00, la marcha indígena llegó finalmente a su destino, el parque El Arbolito, en pleno centro norte de Quito. Diez días después de su salida desde Tundayme, en Zamora Chinchipe, estaban en el punto que representa un símbolo en los históricos levantamientos que ha liderado la Conaie, la Confederación de Nacionalidades Indígenas.

-No parecen demasiados, comenta el periodista Christian Zurita, respecto a la cantidad de indígenas que comenzaron a acomodarse en este espacio público del Distrito Metropolitano de la capital del Ecuador, y que vinieron de tan lejos con un objetivo específico.

El primer aviso de su presencia estuvo marcado por el cierre de la avenida 6 de diciembre, una de las principales de la ciudad. La Ecovía se vio interrumpida y el tránsito ya de por sí congestionado tuvo un elemento más para alimentar el atolladero.

Ya en la noche, Salvador Quishpe daba declaraciones.

-¿Qué va a pasar mañana, Salvador?

-Va a pasar lo que tiene que pasar.

No habían muchos detalles, salvo que a partir de las 16h00, una marcha se dirigiría hasta el Centro Histórico.

La noche cerró con los acostumbrados rituales. Y con música. La guitarrista oficial de la marcha entonando, Marlon Santi -ex presidente de la Conaie- cantando, los cansados viajeros comiendo. A un costado, un vehículo llegó con mercadería fresca y oportuna para la temperatura que ya comenzaba a descender: abrigos a un dólar.

Por suerte no llovió. Es verano en Quito.

13 de agosto 2015, por la mañana

Como no se había visto en los últimos ocho años, llantas que ardían en las calles desde las 7 de la mañana fueron el anuncio que en el país comenzaba un paro. Un paro nacional.

El playón de la Marín, sector estratégico para el transporte, fue uno de los primeros afectados. Juan Zapata, ex oficial de Policía y actual responsable de seguridad del distrito Metropolitano, veía con cara de circunstancia desde el set de Teleamazonas que algunas avenidas comenzaban a bloquearse con neumáticos y decenas de manifestantes al grito de Viva el Paro. La Diez de Agosto y Bogotá, por ejemplo, paso  obligado del Trolebús, el único medio de transporte masivo que tiene la ciudad, ubicado en la matriz del IESS, uno de los objetivos de la protesta nacional. Más arriba, en la avenida América, el eterno escenario de las manifestaciones de los estudiantes de la Universidad Central. Al norte, por la avenida Galo Plaza, otra marcha de indígenas avanzaba hasta el centro. Mucha gente llegó tarde a sus trabajos.

Los reportes de problemas desde otras ciudades comenzaron a llegar. Llantas encendidas en la vía Perimetral de Guayaquil, carreteras cerradas en Loja, Azuay, Cotopaxi, Zamora. Terminales Terrestres con escasa presencia de pasajeros en Quito y Riobamba. Los buses prefirieron anular sus frecuencias hasta las ciudades de la Sierra Centro. Lo que se estaba reportando no había ocurrido jamás durante el gobierno de Rafael Correa.

Las cosas se fueron resolviendo con la intervención de la Policía y las vías se desbloquearon. No así la principal 10 de Agosto, en Quito, pese al llamado a «reaccionar» que hizo Rafael Correa por Twitter, indignado por la presencia de manifestantes en esa calle y en la América. El bloqueo con las llantas continuó el tiempo que los protestantes quisieron, y eso que había fuerte presencia de policías, que se limitaron a observar. Lo mismo ocurrió cerca del mediodía en las avenidas Patria y 6 de diciembre: más llantas encendidas por indígenas. Quito seguía reportando imágenes de un paro.

13 de agosto de 2015, por la tarde

La marcha convocada, como casi todas las que se han dado en Quito este año en la avenida Diez de Agosto -van cerca de diez- comenzó puntual, a las 16h00. A esta dirección confluyeron estudiantes, médicos, trabajadores, jóvenes, adultos mayores, jubilados, abogados, políticos opositores, feministas, ecologistas, defensores de Derechos Humanos, defensores de animales, migrantes, artistas, universitarios, comunistas y ciudadanos que habían salido de sus casas para representarse a sí mismos, a nadie más. Eran miles. Difícil saber cuantos, pero los optimistas e interesados en resaltar la manifestación hablan de más de cien mil personas. Pueden tener razón.

Allí estuvo Martha Roldós, por ejemplo. Más indignada que antes por la reciente filtración en redes de una conversación privada suya, por parte de la asambleísta de AP María Alejandra Vicuña, quien pese a lo que podría implicar legalmente esa acción, pedía explicaciones a la opositora. Allí, sin mencionar a nadie, Roldós mentaba a la madre a alguien, que se tenía que caer. En las redes, todo el mundo asumió que hablaba de Correa.

En las calles, no había que suponer nada porque los gritos e insultos dirigidos al presidente eran de frente. «No somos cinco, no somos diez, Correa HDP, aprende a contar bien», era uno de esos. Otros eran más groseros todavía. Mujeres eran las que con más fuerza gritaban, con el coraje marcado en su rostro. ¿Qué pudo hacer un mandatario para desatar tanta ira? «Nos ha jodido la vida», responde una de estas mujeres, que ya comenzaba a ponerse ronca de tanto alzar su voz. Este día, en la 10 de agosto, nadie respetaba al presidente de su país. Nadie le daba la mínima consideración y una opinión que crecía, a diferencia de semanas atrás, es que debía largarse lo más rápido del puesto de autoridad que ocupa. Antes, una mayoría de protestantes sostenía que debía terminar el periodo para el que fue elegido. Y no más.

13 de agosto de 2015, por la noche

Será difícil encontrar otro día en la historia, en el que se hayan visto tantos policías desplegados en las calles del Centro Histórico de Quito. Los cercos humanos que habían formado a lo largo de las intersecciones de la calle Guayaquil, a medida que estaba próxima la Plaza Grande, eran de tres y hasta cuatro filas de hombres y mujeres uniformados con un blindaje especial, además de reforzados con vallas metálicas. Parecían preparados para soportar los peores embates.

Mucha gente que protestaba se frenó en la Plaza Chica, a solo tres cuadras del Palacio de Carondelet, el punto más directo para acceder a la Plaza Grande. Eso sin contar con el muro de policías que se había dispuesto. Allí se dio el primer incidente violento: piedras y palos fueron dirigidos a los policías que respondieron con toletes y bombas lacrimógenas. Era solo un aviso de lo que minutos después ocurriría. Los ánimos no daban para soportar demasiado, de lado y lado.

Los dirigentes indígenas avanzaron hasta la Plaza de Santo Domingo y aquí se dio un hecho crucial para lo que vendría después: Carlos Pérez, de la Ecuarunari, Salvador Quishpe, prefecto de Zamora Chinchipe, Jorge Herrera, presidente de la Conaie, y Mesías Tatamuez, líder sindical de los trabajadores, dieron discursos en el centro de la plaza.

-¿Y ahora qué vamos a hacer compañeros?, arengaba megáfono en mano Carlos Pérez Guartambel.

La respuesta que recibió era el repetido «fuera Correa fuera».

-¿Nos vamos a quedar aquí o vamos a hacer lo que vinimos a hacer? ¡Vamos a Carondelet! ¡Y encontraremos la manera de llegar!

Pérez, en ese momento, fue aclamado.

La decisión estaba tomada.

La multitud comenzó a avanzar por la calle Rocafuerte, que no estaba custodiada. Al frente iban indígenas que agarraban gruesos maderos laterales, que iban abriendo simbólicamente los obstáculos. Más adelante, los obstáculos eran reales y estaban uniformados de policías.

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El primer cerco policial intentaba impedir el ingreso de los manifestantes a la Plaza San Francisco. Pero fue fácilmente vulnerado. Estos agentes no estaban lo suficientemente preparados para frenar la arremetida. Unos cuantos empujones, forcejeos y palazos fueron suficientes. La marcha había superado su primera piedra en el camino.

La Plaza San Francisco se convirtió en el escenario en donde se planificó la embestida final. Un poco más arriba, en la esquina de las calles Cuenca y Chile, algunos de los policías que formaban el cerco observaban con temor como un grupo de indígenas formaron con tres troncos largos una especie de parachoques de largo alcance. Con eso se pretendía, a la fuerza, vencer la resistencia policial.

-A la una, a las dos, a las tres…

El choque entre humanos de dos bandos era brutal. Unos, pretendiendo pasar. Otros, aguantando hasta lo imposible.

La misión de los policías era fundamental. En la Plaza Grande se desarrollaba la fiesta del gobierno, con militantes igual de decididos de defender hasta con su sangre la revolución que siguen amando. Eso es lo que dicen, por lo menos.

De haberse encontrado ambos grupos, opositores y correístas, la sangre hubiese triunfado ese día.

No fue así. Y los policías no estaban dispuestos a ser los sacrificados. Así que también decidieron atacar. Reprimir. Lo hicieron con igual o superior fuerza a la de los indígenas y ciudadanos. Sin ninguna contemplación. Usaron bombas lacrimógenas, toletes, motocicletas, caballos, perros. A una embestida indígena, le seguían dos embestidas policiales. Hacían barridos humanos por toda la plaza San Francisco. En esos barridos los golpes caían sin mirar a quien: hombres, mujeres, opositores, periodistas, jóvenes, adultos mayores.  Por el piso rodaban los dispuestos a la violencia y los que llegaron sin apostar por ella. La violencia, cuando llega sin avisar, es democrática al extremo.

-Se lo llevaron preso a Carlos Pérez Guartambel y su pareja, comenta el fotógrafo de Vistazo, que por no haber corrido como los demás ante la arremetida policial, tenía la imagen exclusiva del momento de la detención, que comenzó a circular de inmediato por las redes sociales.

En efecto, de Pérez y de Manuela Picq no se volvería a saber nada en el resto de la manifestación y hasta la medianoche. Desaparecieron de la escena, como desapareció Salvador Quishpe de la plaza de Santo Domingo. Lo último que se lo vio haciendo es tocando un tambor, luego vino un empujón y cayó en manos de policías.

Más de una hora después apareció Quishpe. No era el mismo que se lo había visto la última vez. Tiznado de la cabeza al pecho, la camisa rota, la cara hinchada. El mismo definiría minutos más tarde su aspecto: «disculpen, pero me dejaron como año viejo». Contó que los policías lo arrastraron, lo golpearon, lo vejaron. Acusó que en la marcha había infiltrados del gobierno. Y prometió que ni la humillación recibida acallaría la protesta.

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Finalmente, los policías se impusieron. Lograron hacer correr a los manifestantes, infundieron el miedo por las plazas que recorrían raudos en sus motos, ágiles y violentos con sus caballos.

Lanzaron bombas y la gente se replegó. Sin líderes visibles conduciendo la misión, la desorientación terminó en retirada. La estrategia oficial, si es que la hubo, de descabezar a la rebelión en el momento más álgido -Pérez y Quishpe eran las voces cantantes de jornada- funcionó con precisión de relojero. A los pocos minutos, las calles del Centro Histórico se vaciaban.

Un triunfalista presidente, en la Plaza Grande, cantaba satisfacciones. Respiraba satisfecho. Ahí hubo fiesta, fuegos artificiales, cantantes improvisados. Y momentos de ira, por supuesto, en contra de los opositores, a quienes también se les dijo de todo, en una vendetta política que por ahora no tiene desenlace.

El día de furia había terminado.

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