«Prometo amarte y cuidarte»: Lisbeth se casó enamorada

Por Mariana Romero
17 febrero, 2021

A la tristeza se la llora, señala Simone de Beauvoir en la “Mujer Rota”, como lo ha hecho esta valiente madre. Katty Muñoz es su nombre. Katty sufre una tristeza infinita desde hace 60 días, que comenzó en el momento que se enteró que su hija Lissbeth Baquerizo fue asesinada. A quien ella acusa es nada menos que su yerno, Luis Hermida Núñez, el esposo de su hija, la joven de 30 años que no escondía estar profundamente enamorada de su pareja: «Mi cuento de hadas es real», era el mensaje que publicó ella en sus redes sociales, acompañado de las fotos del día de su matrimonio. Eran imágenes de una relación armoniosa, nada que haga sospechar que ese mismo hombre tiempo después le arrebate la vida de dos certeros golpes con un arma corto punzante y que luego pretendió hacer pasar todo como un accidente doméstico. Hecho criminal, que despertó a esa “guerrera rastreadora”, que no cesa de clamar justicia por la muerte de su hija. “Los sábados y domingos los dejo para llorar” dice aquella señora fuerte que todavía no se ha concedido el tiempo de vivir su proceso de luto. Aquella madre que se niega a creer que no volverá a ver brillar los ojos de su hija, a acariciar ese largo cabello que fue rapado en la morgue y que evidenció lo sucedido en el atardecer del 21 de diciembre y que tumbó la tesis de que murió por haber rodado las escaleras. Al piso también se fue la versión de que le dio un infarto por falla renal, cuando quedó en evidencia que le habían asestado dos profundos cortes en su cabeza, tapados con sustancia sintética adhesiva, que según los patólogos se constituyó en la verdadera causa de su muerte. Por algo los forenses siempre recalcan que “la sangre habla”. Esa convicción del forense despertó a esa leona. Horas después, en el velatorio, una amiga de su hija le confesó que ésta era maltratada por el esposo y que las compañeras de oficina veían como Lissbeth llegaba a su trabajo en una transnacional siempre golpeada. Motivada también por la fiscal que apoyó su denuncia, esto le impartió la fuerza para regresar a la sala de velaciones a intentar dejar en evidencia al asesino de su hija, que siempre mostró una sangre fría impresionante.

Lissbeth tenía 30 años de edad, su profesión era ingeniera comercial y trabajaba desde hace cinco años en una empresa de electrodomésticos. Su madre la define como “intrépida..maestra de maquillaje y hasta hizo de Rosita la Taxista pues tenía un auto de alquiler”. Su llamativa belleza la convirtió en modelo, todo esto para ayudar a su familia, que recién se recuperaba de la enfermedad de la hija menor. Se había negado por dos ocasiones a casarse con este enamorado insistente, a quien había aceptado 11 años atrás. A la tercera propuesta aceptó y fue en la iglesia de La Merced, en el centro de Guayaquil, cuando al son del tema “La Bella y la bestia” selló su amor y también su sentencia de muerte.

Todas las semanas, Katty Muñoz va hasta las afueras de la Fiscalía en Guayaquil, para exigir que se castigue a quien mató a su hija Lisbeth, y a quienes trataron de encubrir su crimen.

Luis Hermida, supuesto responsable de este hecho criminal estaba en la sala de velaciones cuando llegó Katty, quien presenció el escape del que había sido por muchos años el yerno ideal, del que nadie imaginaría que algún día podría hacerle daño a su hija. “Todo hombre que comete femicidio, quiere usurpar, quiere poseer y se frustra y se llena de odio al ver que ella se despliega con una libertad e indiferencia a lo que él quiere de ella” sostiene la sicóloga Gloria Montero. “Es difícil detectarlo a nivel de familia y amistades. Uno de los signos de esa personalidad psicótica, es la contradicción: puede ser bueno y generoso con la gente afuera y en casa todo lo contrario”.

Ni perdón ni olvido: solo justicia

Todos los días y bañada por el sol canicular de Guayaquil, Katty reclama sollozante y anuncia que no se rendirá por la muerte temprana y demasiado injusta de su hija. Las pruebas de luminol (prueba reactiva para detectar manchas no visibles de sangre, que resiste al tiempo y al agua) realizadas en el interior del domicilio donde habitaba en Puerto Azul, dan cuenta que murió en la cocina y no en las escaleras donde el cuerpo fue colocado. Así lo encontró la madre cuando fue alertada mediante una llamada casi a la medianoche, hecha por sus consuegros, indicándole que “su hija estaba muertita”. La escena está fija en la memoria de Katty. El cuerpo yacía al pie de la escalera con las piernas alzadas, su cabeza en el suelo sobre la cerámica y también con el cabello mojado, “como si la hubiesen bañado. Tenía ya signos de rigor mortis” que se produce a casi 4 horas de que una persona fallece. En ese momento, como indica la madre, “la mitad de mí murió. No hice más que echarme sobre el cuerpo de mi hija..a llorar, mientras mis consuegros mudos observaban la escena. Al levantar la cabeza, un hierático Luis tenía un corte en la ceja, las manos con rasguños y fueron sus padres los que me sugirieron, que lo más conveniente era enterrarla en seguida para cortar el sufrimiento. Entonces vi como el carro de la funeraria se la llevó».

“Ustedes vayan a descansar que ellos se encargan de todo», le dijeron, como si esas palabras tuviesen alguna carga de consuelo. Los Hermida dominaban la escena por su cercanía con la casa del suceso, pagaron todas las cuentas que esta muerte produjo y contrataron a Richard Anzoátegui, el maquillador de cadáveres y al médico que firmó que era una muerte natural, sostiene Katty Muñoz. La madre rota por esta tragedia, quien se recostó por unas horas en su casa, con el vestido manchado por la sangre de su hija, fue otra al despertar. Tanto valor adquirió Katty, que cuando los de Medicina Legal dijeron que no había quien cargue el cuerpo de Lissbeth para llevarla a la morgue a hacerle la autopsia correspondiente, en pleno velatorio, esta valiente mujer se acercó al féretro, tomó el cuerpo de su hija y ella misma lo cargó mientras el esposo huía, saltando las jardineras de la sala de velación para perderse hasta hoy. Guillermo Zevallos Juárez , PHD en psicopatología, sostiene que todos estos casos que antes se denominaban pasionales, han pasado a llamarse inmotivados, obedecen a delirios, que por mucho tiempo los individuos ocultan por diversas razones. Es una patología que los absorbe. “Se presentan como hombres perfectos en el amor romántico y cortés. Pero llega un momento en que se quiebran, porque no aceptan cualquier falla del otro y se produce el detonante. Los síntomas patológicos se exacerban hasta llegar al acto criminal”, explica. La opinión del criminólogo Edmundo René Bodero, experto en estos casos, refuerza la teoría científica: “Como la violencia es consecuencia de la disfunción de las glándulas de secreción interna que producen exceso de adrenalina, es imposible esconder o disimular el temperamento violento por tanto tiempo. Cuestión distinta es el caso de los psicópatas, seres insensibles al sufrimiento que disfrutan con el dolor ajeno, generalmente muy inteligentes, fríos y calculadores, pero con la capacidad de pensar y razonar intactas. Bodero también analizó la complejidad del caso y la lenta actuación fiscal de la que se quejaba la madre de la víctima. “Como el proceso se encuentra en la fase de instrucción, los allanamientos no se hacen de manera privada, requieren de la autorización del juez y por los principios de publicidad y contradicción, es imperativo la notificación a las partes procesales de las diligencias a llevarse a cabo, caso contrario dejan en indefensión a la parte afectada y atentan contra las garantías del debido proceso. Pero aclaro que los actos procesales imperfectos también pueden ser nulitados», dice Bodero, quien es también catedrático universitario.

Los familiares de Lissbeth Baquerizo sostienen que el ex esposo y presunto homicida huyó a Colombia, pero antes de su fuga se cuidó bien de hacer un traspaso legal de los bienes de su empresa a sus familiares. Ahora son dirigidas por su hermano menor que figura como presidente de la compañía. La jueza del caso, después de 52 días de insistencia, hizo la vinculación y sindicó a Luis Hermida Núñez. Dejó sin efecto, además, la orden de que los restos de la joven sean exhumados como había ordenado el fiscal Luis Machado.

A partir del asesinato de su hija, cada semana con acompañamiento o sin él, Katty Muñoz no se amedrenta y continuará pidiendo justicia frente a la Fiscalía en Guayaquil. Ella dice que aunque parezca que no está muy acompañada, en realidad no está sola. Porque su lucha ahora es por su hija, pero la causa no es nueva. Y la causa es de todas.

Autora Mariana Romero