Por Mariana Romero

La enfermera del barrio, Narcisa Mejía, trabajó en primera línea de contagio en aquella semana crucial del 26 de marzo, en que los casos y decesos por COVID 19, se dieron por montones y los hospitales no daban abasto. Esta enfermera del día a día…grandiosa por su calidad humanitaria, simplemente murió en el esfuerzo, la primera de un grupo de diez personas más, de su misma barriada del sur de Guayaquil.

Tuvimos la inmensa fortuna de que ella tocara nuestras vidas, decimos quienes la conocimos por espacio de 30 años. ¿A quiénes no ayudó en la cuadra donde vivía en su barrio? A casi todos atendió esta enfermera excepcional cuyo nombre era Narcisa Mejía, como la de Nobol. Hizo en su barrio de 4 se Noviembre y Antepara un voluntariado de toda la vida. Fue la auxiliar de mucha gente y por ello formó parte de los hogares de numerosas familias que la lloraron como si fuera de su misma sangre, puesto que la buscaban para que calme males, que no se resumían a la inyección, el suero, o la toma de presión arterial, sino por su dedicación extrema a sus pacientes y esas frases alentadoras que siempre la distinguieron.

Cuando mi madre Luisa Fiallos la conoció, decidió de un momento a otro, que ella sería quien la acompañe en sus últimos años porque percibía su bondad. La adaptó a sus costumbres..en conclusión.. la quiso. Incluso, le propuso que se venga a vivir junto a ella. Pero no, eso era un imposible… porque Narcisa debía cumplir su misión en la vida… a todos nos daba un poquito de su tiempo y aunque quería mucho a mi madre… no tenía por ahora exclusividad. Ella era del barrio. Todos la sentíamos cercana. Todo el mundo le decía doctora aunque no tuviera título, pero sí cumplió fielmente su juramento hipocrático.. su hija Esperanza Tola, dice que sus orígenes humildes la llevaron de joven a ser lavandera por encargo, pero luego su rebeldía y decisión como madre separada y con dos hijos la llevó a estudiar enfermería y como todo en la vida lo hace la práctica, trabajó por muchos años junto al doctor Enrique Coello, con quien aprendió a reconocer cada enfermedad y su tratamiento. Pero no fue eso lo que la distinguió del resto de su gremio. Su secreto estaba en que dejaba el alma en cada enfermito. Ella solo los definía como “mis pacientitos”. Altruista, íntegra, servicial, había trabajado también durante 15 años como enfermera de personas mayores. Lo hacía de cinco de la tarde a seis de la mañana y venía apurada a hacer desayuno para que sus hijos vayan a la escuela. Era de carácter fuerte y recio dentro del seno familiar, tanto, que sus hijos decían siempre “trátanos como a tus pacientes” y ella solo sonreía. Tan entregada fue, dice su hija, que muchas veces se iba solo por las “gracias”. Aunque no era rica, el dinero nunca le importó.

No tenemos la certeza de quien o en qué momento le afectó ese temible virus. Corren rumores de que fue uno de sus vecinos infectados al que acudió a auxiliar, el que la contagió de ese mal, que en 24 horas hizo mella en Narcisa, quien simplemente ocultó a los suyos lo que le sucedía. Esa tremenda fiebre inicial que la llevó luego al ahogo y que puso sus uñas muy oscuras. Solo pudieron darse cuenta, cuando pidió que saquen a su nieto de su cama, dijo con pena que no dormiría junto a él y desde ese momento inició su agonía. Y la de su familia, hasta que 6 días después, se rindió y sus fuerzas no dieron más. Los “delivery” del sector informaban que estaba con oxígeno y que pasaba muy malita. Ironías de la vida, Narcisa luchó por salvar la vida de sus vecinos, pero no pudo proteger la suya. A esto se sumó que ningún hospital la quiso recibir. Con ella se fueron también y en el mismo día, su padre que era mayor, al día siguiente su mamá y dos días más tarde su hermano electricista. Todo un núcleo familiar y una verdadera tragedia en el hogar Mejía. No hubo funeral, ni velatorio ni misa, solo un torrente de tristeza entre quienes la apreciaron. Cinco días después de su deceso y como si su dolor no fuera suficiente, la sanidad vino recién a recoger sus cuerpos que ahora descansan en el panteón Metropolitano.

No supimos mucho de su familia, solo que tenía dos hijos, uno radicado en Estados Unidos, su hija Esperanza y dos nietos por los que daba la vida. Ese nieto de 8 años que dormía con ella y la hacía ver canas verdes, porque según contaba no le gustaba la sopa y a quien preparaba menús diferentes y pare de contar. Solo los domingos se ausentaba, pues dedicaba sus tardes a su gran afición que fue el bingo. Siempre era suertuda e inundó su casa con regalos menores. No recuerdo haberle escuchado que se llevó el premio mayor. Ese… nos lo llevamos nosotros, los que tuvimos el honor de contar con su enorme generosidad, con sus servicios a cualquier hora y con ese don de gentes y su sonrisa, que la harán inolvidable.