«Yo vengo a ser como el renegado de las dinastías», dice medio en serio, medio en broma, Santiago Roldós Bucaram, hijo de Jaime Roldós y de Martha Bucaram. Casi cuarenta años después de la muerte de sus padres, Santiago explica sus razones para no haber sido el heredero político del ex presidente, analiza por qué Ecuador es un país de dinastías y cacicazgos, con las consecuencias que eso trae para un país que no aprende de sus errores.

Por Marlon Puertas

P: ¿Por qué usted se negó a ser parte de una dinastía?

Lo más tradicional de nuestra historia falsamente republicana o republicana colonial es que estas dinastías se produzcan. Pienso en Juan José Flores, su hijo, hasta entrado el siglo XX con Leonidas Plaza y su hijo Galo Plaza. En Latinoamérica hay algo propio de las monarquías. En la raíz de nuestras repúblicas hay unas monarquías de closet, la aspiración a fundar estas dinastías. Por otro lado, la corrupción está muy unida a la lógica de la mafia.

¿Las dinastías tienen rasgos de la mafia?

Siempre me resultó super pobre, incluso falso, el término de partidocracia, porque invisibilizaba la mafia política. Y si hablamos de mafia estamos hablando de familia. Esto es como traspasar al ámbito de lo público estas redes de confianza. Supongo que también tiene que ver, y pienso en el caso de mi propio padre antes de hablar del mío, que la cultura política quiteño-centrista siempre lo ve a mi papá como el sobrino político de Don Buca. En este contexto, aquí todos somos primos de alguien, aquí esos seis grados de separación, y eso es parte de la cultura colonial del Ecuador, los 6 grados que se supone que hay con cualquier persona en el mundo, en el Ecuador eso se reduce a dos grados y medio. Uno siempre termina siendo pariente de alguien, sobre todo en este mundo de la clase media, la clase media alta, la clase media baja. Mi esposa es mexicana, estudió en colegio público toda su vida y ella alucina con esta costumbre ecuatoriana de las amistades colegiales de toda la vida que son los hermanos del alma, esa otra familia que está relacionada con los pupitres. La mafia de Correa, por ejemplo, era una mafia Boy Scout-salesiana-lasallana. Antes de la Universidad Católica las mafias de Correa ya se comenzaron a organizar, desde primero de primaria, y esta noción de la corrupción permea toda la sociedad. Tanto así que las familias decentes de esta sociedad te dicen que la elección de un colegio es fundamental, porque allí se empiezan a forjar las relaciones. Es muy común que las familias de clase media peleen por determinadas plazas escolares en función de «el roce». Con todo ese bagaje, me parece que es algo socialmente muy bien visto. O en todo caso, hipócritamente vivido porque en realidad es una tendencia hegemónica o mayoritaria en la sociedad ecuatoriana, por lo menos en sus clases semi ilustradas, las que pretenden estar en vías de ilustración en donde siempre hay esta tendencia a la mafia, al funcionamiento mafioso.

¿Y ser parte de una dinastía se convierte en una aspiración?

Es que ellos no se ven como mafia. Ahora entro en mi terreno personal. Mi papá era un cuadro político que se lo disputaban distintos partidos y mi papá tomó una opción en ese Guayaquil de los 60, tan enmarañado y demás y se enamoró de una sobrina de Don Buca… creo, esperaría, sin ninguna intención de entrar al CFP, pero mi madre también era una apasionada política, una líder. Ellos se enamoraron de verse reflejados el uno en el otro a este nivel. Eran colegas y camaradas. Su entrada a CFP se da porque a Don Buca le conviene este joven líder, pero su candidatura no es la del sobrino político, no fue alguien que Don Buca puso. Lo cierto fue que el problema de la familia viene de que realmente Don Buca tenía una pésima relación con mi mamá por otros problemas del patriarcado. Resulta que mi mamá se había enfrentado a su padre, el hermano de Don Buca, en defensa de su madre, de mi abuela. De ahí viene que Don Buca y Martha Bucaram tenían muy mala relación y, de hecho, en el primer acto público de campaña de mi padre, Don Buca quiere prohibirle a mi mamá que se suba a la tarima y mi papá le dice que está muy equivocado: «Ella va a subir porque ella es mi compañera». Y allí se rompe todo, desde el arranque.

En mi caso particular, como hijo de esta pareja, yo estoy como inoculado. Una de mis tareas políticas es no ser, ahí en donde todo el mundo me veía a mí desde los once, doce años, e incluso desde antes de que murieran mi padre y mi madre, me veían como el sucesor natural, el heredero, la destrucción emocional afectiva de la política en mi vida, y mi posterior reconstitución a través de algo tremendamente político como lo es el arte y el teatro, que es muy parecido a la sociedad, me permitió tener claridad de porqué yo quería asumir ese rol. Yo no quería ese personaje, porque por un lado me desintegraba a mí, pero por otro lado yo no puedo tener la pretensión de pensar que mi sobrina, la hija de mi hermana que ha sido política, o que mi hijo, que tiene doce años, en el momento que ellos decidan por su propia realidad candidatizarse a cualquier cosa en sus vidas, yo no voy a tener la pretensión de prohibirles o decirles que no lo hagan porque la política es un asco. Esa es la vida de ellos. Lo que sí, yo seré súper crítico del mismo modo como lo he sido con mi hermana y con mi tío León.

En el 2002 yo sí jugué a la tentación. En la campaña del 2002 me confirmó que me hacía mal la política. Y lo digo porque yo llegué a decir lo mismo que dicen la mayoría de los malos políticos, primero ofrecemos y luego vemos.

¿Y cómo así se animó ese año?

Porque me apasiona la política. Si hago teatro es imposible que no me guste. Tengo opiniones muy fuertes en un montón de cosas y yo en ese momento ya planeaba regresar al Ecuador, el teatro ya me había afectado de una manera positiva y empezaba a hacer un teatro muy político y me dije ¿por qué no? Creo que si hubiera tenido menos cosas pendientes con la historia, pudo ser. Porque mi primer problema político con el Ecuador es la falta de claridad sobre la muerte de mis padres. En mi caso, en particular, y además se sumó el bagaje de la traición a mi padre y a mi madre de mi propia familia materna. Para mí esto fue tan loco que he tenido que ir a análisis muchos años para tener claridad sobre esto y poder perdonarme el hecho que me causaba más dolor. Y yo experimentaba más dolor por la pérdida de la familia de mi madre, que estaba viva, que por la misma muerte de mi papá y mi mamá. De alguna manera, la muerte de ellos fue terrible, dolorosa, sigue siendo un tema pendiente para la democracia ecuatoriana, pero la otra muerte fue este asesinato en vida de nuestra familia materna, que eran capaces de decir cualquier cosa cuando yo tenía doce años y comencé a ser crítico con ellos por cuestionar esta vaina del PRE. Yo veía lo que el PRE hacía desde antes que gane la alcaldía Abdalá, y yo decía que esto no se parece a lo que era el discurso y la intención de mi papá. Entonces ellos me dijeron, mis tíos Bucaram Ortiz, los hombres, me dijeron «no te entendemos, esto es para ti, ahorita es Abdalá pero después es para ti». Y yo tenía doce años. Recuerdo que sentí en ese momento nauseas, asco, fue un momento muy definitivo. Ahora tengo que agradecerles la claridad con la que hablaron porque siempre pienso que el PRE y Abdalá tienen eso a su favor frente a la clase política: su obscenidad, su grado de mediocridad, lo mal que lo hacen para que siempre los encuentren, para que siempre los hallen, a diferencia de los respetables social demócratas y demócrata cristianos, que siempre navegan con una respetabilidad que no se merecen.

En el 2002, para mí fue como decir «vamos a ver». Y fue otra experiencia para darme cuenta que yo no tengo la madurez, no tengo la capacidad, creo que yo sería, no creo que como Abdalá, pero sí como Correa, igual de maldito. Si tuviese poder…me imagino que debe ser bacán, usar el poder contra la gente que tienes algo en contra de ella, como lo hizo Correa, y encima que los izquierdistas del mundo te aplaudan, tiene que ser lo máximo. Yo lo comprendo al tipo. Y en ese sentido, yo ese personaje no quiero ser. Tengo la función y convicción política de que mi pequeña revolución tiene que ver con no ser eso.

¿Y cómo pudo manejar las presiones que venían por todos lados, desde cuando era un niño, para que asuma el lugar y el espacio de su padre?

Pues tuve que salir, huir del país. Lo que ocurre es que eso no me pasaba solamente a mí. Para mí fue muy pacificador con este país querido y odiado al mismo tiempo, porque el deber ser para estar a la altura de una tradición, de unas Sagradas Escrituras que tú no has elegido, eso choca a todo el mundo. A mí me pedían eso, pero a la mayoría de personas en Ecuador les pasa lo mismo, en distintos niveles, a la mayoría de los chicos y chicas… ahorita mismo editaba el radio teatro que hacemos y estaba viendo el baile de las debutantes del Club de la Unión y yo digo, pobres chicas. Yo nunca he tenido la oportunidad de asistir a ese espectáculo macabro de la alta sociedad guayaquileña, o más bien trepadora. Yo veo las chicas que van a ese baile y me pregunto cuántas de ellas no querrán hacer otra cosa en su vida. Y la sumisión a la que tienen que optar, por las reglas de esta sociedad. A cuanta gente en Guayaquil, por hablar de nuestra ciudad, lo que les toca es irse. Irse para poder ser lo que supuestamente no debe ser. Eso ya dejó de ser un conflicto para mí hace años, tanto así que ahora, un personaje conocido de nosotros, me hizo llegar la propuesta de ser Parlamentario Andino, encabezando la lista. Me reí y le dije a la persona emisaria, que mínimo me proponga la Presidencia de la República. Me está invitando a rascarme cuatro años, sin hacer nada. Pero me sentí bien, me dio paz, porque me dije «he bajado un montón de rating», ya la gente se ha convencido de que no quiero esa onda, por eso ahora me proponen eso. Lo he logrado.

Usted dice que, así como usted, mucha gente ha huido del país para ser precisamente lo que no debería ser, siguiendo su propio camino. Pero también hay muchos casos de lo contrario, los que aceptan con mucho gusto tomar la posta y seguir los pasos de papá, heredar el partido…y van aumentando.

Porque eso está naturalizado, aceptado, se lo ve por todos lados. ¿Cuánta gente no llegó a decir en la campaña presidencial anterior que Dalo Bucaram está muy bien, que ha aprendido, que hablaba con coherencia. Y yo decía ¿en serio? ¿No lo ven? ¿No entienden que esto es un simulacro? Me parece que hay mucha ceguera y mucha naturalización de estos hechos. Uno de los mayores problemas que tiene Ecuador es que es un país de cacicazgos y dinastías políticas de toda la vida, que se suceden regularmente. Y hay otro tema interesante: cuánta gente que tenemos relación familiar con alguna de estas dinastías, hemos optado por el arte. Hay un montón de gente que toma el arte como una especie de defensa o escudo o transita hacia el arte como una manera de hacer política. Pero ese es otro tema.

Si esto está así de arraigado, no se vislumbra en un futuro inmediato un cambio en el otro sentido. Mas bien parecería que seguirá creciendo.

No lo sé. Paralelo a esto hay que agregar que la política ecuatoriana es profundamente infértil, no hay hijos o hijas políticas. Los partidos políticos son incapaces de producir alternativas. Estados Unidos puede ser cuestionado por muchas cosas, pero veo allí una producción de cuadros y liderazgos, mujeres y hombres, un montón de población nueva que han surgido dentro de la misma lógica política.

Y eso que en Estados Unidos también gustan de las dinastías…

Bueno, porque la democracia en América, en general, está fundada sobre una idea teológica y una idea de sangre. Alguna vez yo decía que mi problema con la sangre es que la sangre de mis padres todavía sigue siendo un problema sin resolver. Yo no puedo acudir al llamado de la sangre que corre por mis venas, porque la sangre real con minúscula está diseminada todavía y yo no tengo paz al respecto. Cada vez que yo veo a Osvaldo Hurtado tratado como un personaje decente, para mí eso es peor o a la altura de la mafia del PRE.

¿Tú crees que si tus padres estuviesen vivos, tu camino sí pudo ser la política electoral?

Eso nunca lo sabré. Sin querer caer en la mitomanía, el documental sobre la muerte de Jaime Roldós dice al paso algo así como que el afecto o el buen recuerdo que guarda el pueblo ecuatoriano de estos dos líderes siempre se ha romantizado, en términos casi de mitificación, pero yo creo que hay algo genuino y legítimo en esas expresiones. Siento que allí hay algo democrático muy intrínseco de mi mamá y mi papá. Yo los perdí a ellos a los 10 años y con todo lo que me ha pasado en mi vida, he tenido una estructura que creo tiene algo ver con su perspectiva democrática. Al punto que yo puedo cuestionar su propio cristianismo, porque eran recontra católicos, pero yo recuerdo un ambiente de libertad, de deliberación.

¿Jaime Roldós nunca pretendió ser la cabeza de una dinastía política?

De hecho, él rechazó el nombre de Partido Roldosista que se había manejado en el proceso de creación del partido Pueblo Cambio y Democracia. Se lo plantearon todos, porque el bloque del CFP se había dividido en bucaramistas y en roldosistas, de ahí viene el término. Entonces cuando Roldós decide hacer su propio partido, un montón de gente le plantea que debía llamarse Roldosista. Y les respondió rotundamente que no.