Por Yadira Aguagallo

Te despiertas luego de la noche más larga de tu vida. La noche en la que las autoridades alargaron tu angustia con porcentajes que crecían de 10 en 10 porque no tenían el valor de decirte en la cara que te habían fallado, que los dejaron morir, que dejaron morir a tu compañero de vida, que no volverá más a esa casa que decoraron juntos, que no te volverá a tomar fotos mientras duermes, que ya no te esperará afuera de tu oficina con su sonrisa, que ya no volverás a sentir sus manos, sus besos, su respiración a tu lado, cada noche.

Pero como te mandaron a tu casa a esperar una confirmación, como te dijeron que solo son fotos y hay esperanzas, te levantas, reúnes las fuerzas, te paras frente a la foto en la que están abrazados y le exiges que vuelva, le suplicas que no te deje sola, le recuerdas los planes que soñaron juntos mientras veían el cielo y contaban estrellas.

Recorres Quito. que parece más vacía que nunca. Llegas al Itchimbía y ahí están tus compañeros de coberturas. Las cámaras te apuntan pero todos se quedan en silencio. ¿Qué podrían preguntarte si estás ingresando al lugar en el que tu vida se hará trizas, el lugar en el que una vez más los ministros, asesores, generales, peritos, políticos, no podrán sostenerte la mirada, huirán de tus preguntas, te seguirán diciendo que son solo fotos, negarán que lo sabían desde hace días, que sabían que te quedaste viuda, que te mintieron durante 18 días?

Pero como te dicen que hay esperanza, redactas una carta exigiendo que no haya operativos policiales mientras exista la posibilidad de que tu compañero regrese y entre con su cámara colgada al cuello y te vuelva a tocar y vuelvas a acariciar su cabello y sientas su aroma y pongas tus labios en los suyos.

Y tratan de impedir que entregues la carta a como dé lugar. Llaman a tus amigos y les piden que hablen contigo y te digan que no tiene sentido, ellos se niegan por supuesto y los mandan a la punta del cuerno. Entonces un asesor te pide una reunión en privado, después de días de desconocerte, de no contestar tus preguntas, ahora les eres útil. Te dicen que las coordenadas de los cuerpos sin vida fueron establecidas, que sus ojos se apagaron.

No te volverá a llamar al mediodía para preguntarte si llegarás a la casa a almorzar porque te preparó ese plato que tanto te gusta y debes comerlo caliente. No escucharás más su voz saliendo de la ducha. No habrán más domingos viéndolo manejar por la carretera.

Y en medio de eso, te piden que seas tú quien le diga a tu suegra, a tus cuñados, a su hija, que no estará para su cumpleaños, que la Navidad será amarga, que en la mesa su puesto estará vacío. Pero como te niegas, no les queda más remedio que confirmarlo. El presidente entra en la habitación y se hace un silencio que se rompe cuando le gritas que no solo lo mataron las balas sino la incompetencia de los ineptos que lo rodean. Y él te responde que si hubo responsabilidades se sancionarán. Y ha pasado un año y lo único que se ha establecido es la impunidad.

Te despiertas 12 meses después. Su lado de la cama está frío y vacío. Él no ha vuelto y eres tan cobarde como para ir tras él al lugar en el que ahora está. Aunque las lágrimas no paran de brotar de tus ojos ves que todas las orquídeas que te regaló han terminado de florecer y te ofrecen un espectáculo de colores y texturas. Y sabes que fue él quien lo hizo, que hizo florecer esas plantas que aprendieron juntos a cuidar, que te recuerda que el amor es más fuerte que la muerte.

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