La moraleja quedó clara: los niños que comen verduras y frutas y se alimentaron con leche materna en sus primeros meses de vida, aprueban los exámenes que tendrán al graduarse. Por el contrario, aquellos que tomaron mucha cola y golosinas, no pasarán la prueba. Ese fue uno de los mensajes centrales del circo contratado por el gobierno por un monto de USD 2,4 millones, durante una de las tres funciones diarias que presenta en Guayaquil, en el parque Samanes.

-Con razón yo reprobé el Ser Bachiller, comentó un joven sentado en la galería. No le hizo mucha gracia la escena.

Este fue uno de los capítulos de la función que dura casi dos horas: Como «Historias de un Ecuador solidario», fueron presentados. Y a la pista de hielo salen sonrientes jóvenes, casi todos extranjeros, la mayoría rusos, hábiles en lo suyo y tratando de cautivar a un público difícil de convencer, que provino de los sectores marginales de Guayaquil: muchos vinieron -otros fueron traídos- de Flor de Bastión, Monte Sinaí, Bastión Popular, El Fortín…del operativo está a cargo personal del Ministerio de Inclusión Económica y Social, MIES, que pone su máximo esfuerzo para que todo salga impecable. Están por todos lados, bajo la carpa. En sus chalecos se lee «Misión Ternura».

La fachada del circo ahora luce como una obra del gobierno, pero en realidad se trata del Circo ruso de hielo, que ha pululado por varias ciudades de Ecuador, con poco o relativo éxito, por lo menos desde hace seis años. Especialmente en Quito. Hasta que se sacó el premio gordo de la lotería en su sorteo navideño. Así podría ser considerado el millonario contrato que fue una idea del ministro Iván Granda Molina. De manera que ahora las funciones ya están pagadas y la asistencia garantizada. Una suerte que ya se la quisieran otros circos de pueblo que luchan contra los nuevos tiempos para no desaparecer.

Acá todo es felicidad. O al menos eso es lo que se pretende vender. Sin maestro de ceremonias de por medio, una voz grave -como si fuese de la conciencia- es la que alecciona y da enseñanzas de comportamiento tanto a grandes como a pequeños. Por momentos suena casi acusatorio:

-¿Sabes tú dónde están tus hijos?

Esto después de una escena en la que un adolescente es tentado a meterse en el consumo de las drogas. Finalmente, puede vencer al mal y decirle no a ese mundo.

-Que hay que querer y respetar a los abuelitos, que tanto nos han dado. Debemos velar por ellos.

Esto dice la voz misteriosa luego de una representación de la película Coco, con sus canciones, protagonistas y todo.

Luego salen las patinadoras rusas vestidas con trajes representativos de la Sierra y suena «A mi lindo Ecuador», de Pueblo Nuevo. No tienen una coreografía adecuada para esa música y hacen lo que saben: patinar con esos atuendos, aunque algo no termina de encajar en ese número.

Para que después la voz recuerde las reglas del espectáculo: que no se lancen objetos a la pista, que las entradas son gratuitas, que está prohibido el ingreso a personas armadas, borrachas o drogadas. Y que se reservan el estricto derecho de admisión. Sigue el show.

Los payasos hacen lo que pueden con el difícil arte de hacer reír sin decir una palabra y condicionados únicamente a los gestos y ademanes. Finalmente, lo consiguen. La inocencia de los niños, mayoría en los asientos, favorece el propósito de los cómicos.

Después, la voz recuerda que este esfuerzo del gobierno viene acompañado del apoyo de la AME, la Asociación de Municipalidades del Ecuador. Luego rueda un video del contratante, el ministro Granda, diciendo cosas que a casi nadie del público le interesó demasiado. La gente vino por el circo gratis.

La última parte, con representaciones de la película de Aladino, cerraron un espectáculo que terminó gustando a casi todos.

El mensaje final de la voz grave fue: «El presidente Lenin Moreno agradece su asistencia».

A la salida, personal del MIES grababa con sus celulares a los asistentes.

-¿Y que le pareció el show y el mensaje de decir No a las drogas?

-Muy bonito todo. Muy bonito el mensaje, decía una señora risueña.

Había caído la noche. Frente al circo, en el parque Samanes, unos hombres ordenaban en filas a decenas de niños, antes de subirlos en los vehículos que los llevarán de regreso a sus casas, en los sectores de las invasiones de Guayaquil. Los organizadores lucían cansados y apurados.

Los artistas del circo y el gobierno también tienen apuro. Han ofrecido llegar a 700.000 personas de todo el país con este show. Y a la fecha, 27 de febrero, falta mucho todavía para acercarse a esa cantidad.

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