Parroquia Yamanunka, perteneciente al cantón Shushufindi (Sucumbíos).

La dureza de la vida se ha encargado de borrar la sonrisa que solía iluminar el rostro de Jéssica Isacha dos años atrás. Pobre, indígena, desempleada y madre soltera, ha pasado por muchas peripecias en estos últimos tiempos pero hay algo que se mantiene igual: la contaminación petrolera que rodea a su vivienda en forma de piedras negras, que no son otra cosa que pedazos de crudo petrificado.

Jessica Isacha tiene 25 años y su pequeña hija, tres años

Jessica vive junto a sus padres, seis hermanos, hija y sobrinos a un extremo del pozo Shushufindi 50, al norte de la Amazonía ecuatoriana. Trece personas en total. Allí nació y creció, azotada por el hedor que emana una antigua piscina de desechos de la época Texaco (ahora cubierta de monte) y del mismo pozo petrolero que es gestionado por la estatal Petroamazonas. Ya perdió la cuenta de las afectaciones sufridas por los derrames y escapes de gases tóxicos. Sin contar con el agua contaminada que consumen de un pozo cavado a escasos metros de los sedimentos petroleros.

Esta historia de contaminación, pero también de abandono estatal, es la historia de vida de la familia de Jéssica que este portal recogió dos años atrás para el reportaje Caso Chevron: Relato de los olvidados y que ahora retoma con la frustración de que nada ha cambiado para esta humilde familia shuar. “Han venido cuantas personas haciendo reportajes periodísticos, cuantas cosas para que supuestamente se dé un cambio… Si ve los pedazos de petróleo que hay allí, cuantos gringos han venido a fotografiar y han tenido en la mano, han perforado y han llevado las muestras, y nada”, asegura la madre de Jéssica, Dominga Jimpikit. La mejor conocedora de su historia.

Dominga se estableció en el sector hace unos 40 años, casi a la par del inicio de operaciones de Texaco (ahora Chevron). De ese tiempo, muchos recuerdos vienen a su memoria aunque resalta uno doloroso: la muerte de una sobrina que se intoxicó en la piscina de desechos petroleros que ahora se encuentra enterrada a un costado de su casa. “Cuando pasó esto, supuestamente dijeron que iba a haber un cambio, que iban a hacer limpieza del pozo, pero hasta hoy, hasta este momento que incluso soy abuela y tengo tres nietos, esta contaminación continúa”, comenta.

Dominga Jimpikit ha convivido más de 40 años con la contaminación petrolera que empezó en la época de Texaco y no termina.

Además de esta pérdida familiar, Dominga menciona un sinnúmero de calamidades como la muerte de sus animales de corral y la afectación de árboles frutales y sembríos que durante años intentaron establecer sin éxito en las proximidades de su vivienda. Todo en detrimento de la deteriorada economía de esta familia campesina, que es parte de la estadística de pobreza por necesidades básicas insatisfechas que abarca al 80% de pobladores del cantón Shushufindi, en la provincia de Sucumbíos. Además de carecer de agua potable y alcantarillado, ni Dominga ni su descendencia cuenta con un servicio higiénico, por lo que hacen sus necesidades biológicas a campo abierto.

Esa última carencia, es una de las grandes decepciones de esta familia, que asegura haber recibido durante años ofrecimientos de la dotación de una letrina sanitaria que les permita mejorar su calidad de vida. Esto por parte de la Junta Parroquial de su comunidad, Yamanunka, del municipio de Shushufindi, de la Secretaría de Riesgos y de Petroamazonas. Así mismo, estas dos últimas instituciones publicas les habrían prometido la reubicación de su vivienda, para acabar de una vez por todas con la exposición permanente a la contaminación petrolera. Pero eso hace ya varios años. “Toda la gente de Petroamazonas viene con sus mentiras, a decir que vamos a mejorar, vamos a traer brigadas médicas, vamos a darles letrinas sanitarias”, se lamenta Dominga, a la vez que rememora un encuentro con un supervisor de la petrolera estatal. “Yo le dije al Ingeniero: ‘Ayúdeme, no por mi, por los niños porque yo ya estoy de regreso. (Él) dijo: ‘Dominguita ya vamos a ayudar, ya vamos a ayudar. Pero hasta la vez’”.

La casa de la familia Isacha está rodeada de pedazos de petróleo en forma de rocas.

Las peticiones de Dominga, su familia y su comunidad Yamanunka son puntuales: agua limpia, alcantarillado, letrinas sanitarias y una mejora en la atención de salud. Es lo justo, para una población que ha vivido y padecido en la zona de influencia de Texaco (ahora Chevron), que terminó sus operaciones en los años 90 dando paso a la gestión estatal. “Soy analfabeta pero siempre hablo lo que es la verdad. Yo reclamo mis derechos, todos tenemos derechos y todos somos seres vivos. Tenemos que ser atendidos como están atendiendo a gente de afuera”, reclama Dominga Jimpikit.

La situación de la familia Isacha-Jimpikit es la misma que aqueja a la mayoría de los habitantes de la zona. Lo poco que ganan con el cultivo de café, cacao y maíz no les alcanza para lo más básico, ni encuentran empleo en la petrolera que opera en la zona, que es la única fuente de trabajo en el sector. Además, el subcentro de salud de su comunidad, así como los de otras localidades cercanas, está desabastecido. No hace mucho Dominga realizó un peregrinaje por estas casas de salud junto a un jornalero que se había cortado, pero en ningún sitio encontraron hilo para que le cosan la herida, ni siquiera en el hospital cantonal de Shushufindi, hasta donde llegaron tras un largo recorrido. “Tal vez porque somos indígenas, tal vez porque somos del campo, nos tienen de esta manera”, se lamenta la mujer, que se toma un momento para rechazar las aseveraciones del expresidente Rafael Correa sobre la mejora en la atención a la gente de la Amazonía durante su llamada ‘década ganada’. “Para mi nada ha cambiado… vaya al subcentro de salud de aquí de Yamanunka, a ver qué se hace en una emergencia”.

Aunque las demandas de Dominga y su familia han sido ignoradas y olvidadas durante años, ella asegura que seguirá levantando su voz. “Yo le digo a mis hijos, a mis nietos, tal vez el día que yo me muera vendrán a hacer la reubicación”. Mientras tanto y sin más opciones, Dominga les ha dicho a los suyos que se resignen a seguir viviendo allí. “La verdad yo me encuentro bastante preocupada por mis hijos, por mis nietos, que recién se están desarrollando y esta agua que estamos tomando ya desde allí (señala el pozo) llega contaminado. Tenemos temor de cáncer, y a ese punto estaremos llegando en pocos años”, finaliza Dominga desalentada.

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