La Flaca que no tiene nada más que el abrazo de su pareja. Los dos cubanos viven en las calles de Quito, a su suerte. Foto de Daniela Aguilar.

Parece como si en el barrio La Florida se hubiese perdido algo. Las calles ya no lucen igual, el ruido ya no molesta tanto, hay voces altisonantes que ya no se escuchan. Un día, sin previo aviso ni despedida pomposa o modesta, sencillamente los caribeños metieron sus cuatro tereques en una maleta y se mandaron a cambiar.

Los cubanos habían llegado por montones a este barrio del norte de Quito, ubicado frente al viejo aeropuerto Mariscal Sucre, hoy conocido como Parque Bicentenario. Y lo alteraron todo, por supuesto. Se pusieron sus negocios y comenzaron a abundar platos como los moros y cristianos y la carne mechada. Las esquinas cobraron más vida, con un ritmo entre tropical y festivo, que puso una característica especial a esta zona de clase media quiteña. No faltaron los que se asustaron. Aquellos que pensaron que con tanto cubano se podía poner peligroso el asunto. Se tomaron precauciones. Y algunas medidas anti-hospitalarias, como esos letreros de arriendo de habitaciones, en los que aparecía el requisito expreso de no ser extranjeros.

¿Qué cuántos llegaron? Eso ya nunca se sabrá. Fueron decenas, fácilmente cientos los cubanos que se asentaron en la Florida. Un programa de TV contó que prefirieron este lugar por su nombre, para sentirse como que ya habían alcanzado el sueño americano, los Estados Unidos, su destino final. Quien sabe. El hecho es que llegaron, armaron una pequeña Habana, trabajaron, se desencantaron y se fueron. Hasta podría decirse que las calles los extrañan. ¿Cubanos por aquí? A la pregunta, solo hay gestos de incertidumbre por respuesta.

-No sé, por allá creo que sigue viviendo uno, cuenta una vecina.

Quedan pocos. Uno de ellos es el desconfiado dueño de una tienda, instalada en la calle que tiene el mismo nombre del barrio. Este un hombre con pocas pulgas, al que no le gusta conversar porque pierde tiempo y atención para su negocio. “Hasta CNN vino a entrevistarme. Y no le dije nada”, dice para que de una vez se vaya entendiendo que es un tipo complicado. Mal genio y todo, pero da una pista: más adelante está el restaurante de “La Flaca”. Cubana también y le gusta hablar.

En efecto. La primera flaca de esta historia es una cubana que se siente bien. Podría decir que es feliz. Está casada, tiene hijos, su esposo es ecuatoriano y juntos han puesto un pequeño restaurante en el que ofrecen platillos de sus dos nacionalidades. Son una familia binacional y la mezcla ha resultado. Esta flaca no tiene ningún reparo en recibir visitas, dar su nombre, posar para las fotos, contar su historia. Está orgullosa de lo que ha conseguido hasta el momento. Pero sabe que no puede parar, igual que todos. El momento que se para, dice con la experiencia propia de quienes viven al día, no se gana. Y si no se gana, con qué comen los niños. Los niños no entienden de excusas, solo comen.

La Flaca del restaurante cubano, en plena Florida quiteña. Ecuador ya es su destino. Foto de Daniela Aguilar.

¿Qué tiene esta primera Flaca? Tiene una familia, tiene un restaurante, tiene estabilidad. Se nota que tiene amor.

La segunda flaca de esta historia apareció por accidente. Es una cubana que, evidentemente, no está bien. Pasó por el frente del restaurante de su paisana, siguió de largo y se detuvo en la esquina, junto a los contenedores de basura. Abrió uno de estos y hurgó en su interior con la esperanza de que algún desecho le sea útil.

-Esto sirve, esto no sirve, parecía que decía moviendo su cabeza con desgano.

Cuando es interrumpida en su tarea, es cordial. Saluda sin dar la mano porque siente que será rechazada. Intenta sonreír. No mira a los ojos y eso se puede entender.

¿Cómo llegó a esta situación?

Habla con coherencia: Me robaron. Se llevaron todo del departamento que yo pagaba. Hasta mis documentos. No tengo pasaporte, no tengo nada. Yo trabajaba en la plaza Foch, en los restaurantes. Después ya no me quisieron dar trabajo. No pude pagar más un cuarto y ahora duermo en la calle, en el zaguán que queda frente al viejo aeropuerto. Allí me arropo con las cobijas viejas que me regalan, pero también las cobijas viejas me las roban. La calle es dura.

Eso no es lo peor que ha tenido que sufrir esta segunda “Flaca”, quien dice tener 38 años pero parece de 50. O más. “Así he quedado. Soy hueso y pellejo. Doy vergüenza”. Por esa razón no quiere que nadie sepa su nombre, de dónde es, de que ciudad de Cuba vino. Solo pide que nos pongamos en su lugar e imaginemos a nuestras familias viéndonos en su misma situación. ¿Cómo se pondrían? Ella no quiere que en Cuba se enteren por lo que está pasando.

Lo pasa mal. Y lo más difícil ha sido perder a sus dos pequeños hijos, que hoy viven en guarderías del Ministerio de Inclusión Social. La flaca reclama, dice que todo se trata de una injusticia, que ella quiere estar con sus hijos y verlos crecer. No entiende las razones del Estado que hoy acoge a sus dos pequeños nacidos en territorio ecuatoriano. El más pequeño, de algo más de dos años, seguro ni la reconoce. Ella cuenta que se lo quitaron apenas haberlo parido. Y de visitas, casi nada. Su pareja no ha contribuido mucho a una relación cordial con las autoridades de la guardería ubicada en Carcelén.

¿Qué tiene esta segunda Flaca? Tiene un marido cubano, que vive igual que ella, en la calle, hurgando basureros. Se hacen compañía, conversan, se consuelan. Cuando hay algo, comen juntos. Duermen en la calle y juntos soportan el frío de las noches quiteñas. Antes, su proveedor principal era el Supermaxi, de donde hurtaban alimentos e inclusive artículos de aseo, hasta que los administradores decidieron cerrarles el paso. También pelean, tienen sus encontrones. No reúnen las mínimas condiciones para una vida normal y, aún así, por ratos hablan como si fueran una pareja cualquiera, con los problemas propios de una familia común.

Aceptan una foto: sin que se les vea los rostros, abrazados fuertemente. Aprovechan la ocasión de tener una cámara al frente y ese abrazo se prolonga, como pretendiendo que todo se paralice en ese momento y las cosas malas lleguen hasta allí.

Las dos Flacas se conocen, comparten el mismo barrio, vienen del mismo país. La primera Flaca ha ayudado a la otra Flaca, que si algo no ha perdido es la vergüenza. Por eso va poco por el restaurante cubano, porque sabe que su compatriota siempre le tiene un plato de comida para ella. Le da pena molestar tanto y no sabe que será de su vida en las siguientes 24 horas. No sabe si algún día recuperará a sus hijos. La Flaca del restaurante, en cambio, tiene hecha una vida en La Florida de Quito y su esperanza es que mejore, a punta de trabajo. Sabe que Ecuador ya es su destino.

Marlon Puertas

 

 

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