El caso Guachalá Chimbo: El Estado ecuatoriano contra las cuerdas

El tiempo transcurrido hace más cruel el caso de Luis Eduardo Guachalá Chimbo. Han pasado más de 12 años desde que este joven de 24 años desapareció de la faz de la tierra, cuando fue ingresado en el hospital psiquiátrico Julio Endara de Quito.

Esto lo cuenta su madre, Zoila Chimbo: «Yo llevé a mi hijo al hospital porque tenía convulsiones. Sufría epilepsia. Era el 10 de enero de 2004. Ese mismo día vi como le pusieron una inyección y fue como que mi hijo se desvaneció. Yo regresé a verlo el 12 de enero y no me lo permitieron. Me dieron excusas, se inventaron que después querría irse conmigo y que era más conveniente que me vaya, que no lo vea».

El día que lo ingresó, la madre pudo ver a un enfermero que no le encontraba la vena para poner el suero a su hijo. Y cuando lo consiguió, «mi hijo se estiró hacia atrás, cerró los ojos, quedó inconsciente. Y el enfermero me dijo, ya señora, vaya nomás, venga el lunes a comprar los medicamentos».

zoilaZoila, nacida en Gualaquiza, ya es una mujer mayor que, a su edad, se sigue ganando la vida en las duras calles de Quito. En una de sus soleadas mañanas, ella aprovecha para vender en las esquinas, cuando paran los carros en la luz roja de los semáforos. Vende los dulces conocidos como Barriletes. Cada uno cuesta 25 centavos.

-¿Cuánto se gana usted al día?

-Depende. Hay días buenos, otros no tanto. En los buenos, buenos, me gano hasta diez dólares. 

Y eso le alcanza apenas para comer. Antes vendía rosas en la Amazonas y República, pero fue desalojada del lugar donde trabajó cuatro décadas, por orden municipal. Años atrás, enviudó. Su marido también tuvo que soportar durante gran tiempo el dolor por la desaparición de Luis Eduardo, que hoy tendría 36 años.

«Era un muchacho tranquilo, bueno. Era cariñoso con nosotros, con sus hermanos. Era albañil y con eso me mantenía. Nunca le hizo mal a nadie», recuerda la mujer, mientras no deja de caminar serpenteando entre los carros que avanzan por la transitada avenida América, cerca de El Labrador, al norte de Quito.

Esta humilde mujer ha puesto contra las cuerdas al Estado ecuatoriano.

Ocurre porque siete días después que dejó a su hijo en el hospital psiquiátrico le informaron que su hijo había escapado. Y ya. Eso era todo. Nunca le permitieron verlo y, una semana después, simplemente ella tenía que creer que se fue por su cuenta. No les creyó nada. Y empezó una lucha con tal fuerza que tiene ya 12 años y con aliento para seguir unos cuantos años más. Zoila parece frágil, pero quien piensa eso se equivoca de cabo a rabo.

Ella denunció el caso ante la Fiscalía, pero el Ministerio Público no encontró nada y archivó el proceso. Sin responsables, sin culpables. Sin ni siquiera una explicación para la atribulada madre. Todas las instancias legales en el Ecuador se cumplieron y por eso, Zoila Chimbo decidió acudir ante las internacionales. Le ayudaron dos organismos: la Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos (Inredh) y el Centro de Derechos Humanos de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE).

La desaparición de Luis Guachalá llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Zoila viajó a Washington a exponer personalmente el drama que ha sufrido. Lo hizo muy bien. Recuerda que días antes de su viaje a Estados Unidos, funcionarios del Ministerio de Justicia la buscaron con insistencia para tratar de convencerla que no era necesario que vaya tan lejos. La señora, esos días, no estuvo para nadie. Y voló.

El pasado 4 de abril de 2016, en el período 157 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se llevó la audiencia de la desaparición forzada de Luis Eduardo Guachalá. La demanda en este organismo fue presentada el año 2007, por violación de Derechos Humanos. Cuando se acude a estos organismos, la paciencia es un requisito indispensable. La esperanza es que el caso pase de la CIDH a conocimiento y resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Los abogados que defienden a Zoila fueron contundentes: haremos una afirmación que el Estado ecuatoriano no puede desvirtuar, en el hospital  Julio Endara a manos de funcionarios públicos ¿existió una negligencia criminal o alguien no nos está diciendo la verdad y por eso no podemos conocer dónde está Luis?

Los argumentos de Zoila Chimbo son más claros. Para ella, para su corazón de madre, su hijo Luis Eduardo nunca salió del hospital. Ella dice que lo siente. Cuando pasa por este centro psiquiátrico, su voz le suena intacta en su memoria. Y por eso hasta ha pedido que levanten pisos, inspeccionen las instalaciones y desentierren en los patios. Ella solo quiere el cuerpo de su hijo. Y en Ecuador nadie se lo puede dar.

*Actualización. El caso de Luis Eduardo pasó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que convocó a audiencia por su desaparición los días 25 y 26 de noviembre de 2020.

El caso de Álvaro Nazareno

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Señora, lleve la muestra de sangre de su hijo al laboratorio.

Y Maribel Angulo muy diligente, lo llevó. Estaba angustiada porque había trasladado de emergencia a su hijo, que no paraba de convulsionar. Era el 14 de marzo de 2011.

Maribel apenas tardó diez minutos en ir al laboratorio y regresar a la Unidad de Emergencias del Hospital Eugenio Espejo, también en Quito. Y donde lo había dejado sentado a su hijo, en una silla en donde le pusieron un suero, ya no estaba. Álvaro Nazareno se llamaba su hijo. O se llama. Tenía 27 años. O tendría 32 ahora, si estuviera con vida. No se puede saber. El joven que padecía una enfermedad catastrófica sencillamente desapareció a partir de ese momento. Y nadie del hospital, de la Fiscalía, de la Policía, ha podido darle una explicación a la desesperada madre que, desde ese día, no ha parado con su búsqueda incesante. Hasta al presidente Correa consiguió llegar con su caso. Del presidente recibió consuelo y el ofrecimiento de que todo se iba a aclarar.

Pasados cinco años de un hecho inexplicable, la razón y el amor están en permanente conflicto dentro de esta mujer. Su amor lo único que busca es encontrar con vida a su hijo. Pero la razón solo le da espacio a la esperanza que algún día encontrarán sus restos. A estas alturas, ella se conforma hasta con lo segundo. Lo que quiere es una certeza: «Necesito saber de mi hijo, aunque sea conocer donde están sus huesos».

Pistas, ninguna. Sospechas, menos. Es de esos casos que no deberían suceder nunca y, cuando ocurren, por lo absurda de la situación, nadie estuvo preparado para enfrentarla. El último lugar en el que estuvo Álvaro fue un hospital público y los pacientes no desaparecen de los hospitales. Eso dice la lógica. Pero a veces la lógica choca de bruces con la realidad. Y la Fiscalía va con paso lento en las investigaciones. Tan lento que en cinco años no va más allá de la indagación previa. Cinco años después, se hizo la reconstrucción de los hechos en el hospital, una diligencia que debió haberse dado lo más rápido posible.

Este no es el único caso. Otro paciente desapareció de un hospital público en Ecuador.

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